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1/17/2014
El hundimiento del Titanic
CANTO III
Recuerdo La Habana, las paredes desconchadas,
la insistente fetidez ahogando el puerto,
mientras el pasado se marchitaba voluptuosamente,
y la escasez roía día y noche
el añorado Plan de los Diez Años,
y yo trabajaba en El hundimiento del Titanic.
No había zapatos, ni juguetes, ni bombillas,
ni un solo momento de calma jamás,
los rumores eran como moscardones.
Recuerdo que entonces todos pensábamos:
Mañana será mejor, y si no mañana,
entonces pasado mañana. Bueno, tal vez no mucho mejor
en realidad, pero al menos diferente. Sí, todo
será bastante diferente.
Una sensación maravillosa. ¡Cómo la recuerdo!
Escribo estas frases en Berlín, y al igual que Berlín
huelo a viejos cartuchos vacíos,
a Europa del Este,
a sulfuro, a desinfectante.
Vuelve el frío poco a poco,
y poco a poco leo las ordenanzas.
Allá lejos, detrás de innumerables cines,
se alza, inadvertido, el Muro,
y más allá, distantes y aislados, hay otros cines.
Veo a extranjeros con zapatos recién estrenados
desertando solitarios por la nieve.
Tengo frío. Recuerdo -es difícil creerlo,
apenas han transcurrido diez años-
los extrañamente esperanzados días de la euforia.
En aquel entonces nadie pensaba en el fin,
ni siquiera en Berlín, que hacía tiempo que había
sobrevivido a su propio fin. La isla de Cuba
no vacilaba bajo nuestros pies. Nos parecía
que algo estaba próximo, algo que inventaríamos.
Ignorábamos que hacía tiempo que la fiesta
había terminado, y que todo lo demás
era asunto de los directores del Banco Mundial
y de los camaradas de la Seguridad del Estado,
exactamente como en mi país y en cualquier otra parte.
Buscábamos algo, algo habíamos dejado atrás
en la isla tropical, donde la hierba crecía
hasta cubrir la chatarra de los Cadillac. Se había
agotado el ron, los plátanos se habían desvanecido,
pero buscábamos algo más - es difícil especificar
qué era realmente- y no acabábamos de encontrarlo
en este diminuto Nuevo Mundo
que discute ávidamente sobre azúcar,
sobre la liberación, y sobre un futuro abundante
en bombillas, vacas lecheras y maquinaria por estrenar.
En las calles de La Habana, las mulatas
me sonreían con sus fusiles automáticos
al hombro. Me sonreían a mí y a algún otro,
mientras yo trabajaba y trabajaba
en El hundimiento del Titanic.
No podía dormir en las noches calurosas.
No era joven -¿qué quiere decir joven
Vivía junto al mar -pero tenía casi diez años menos
y estaba pálido de anhelos.
Probablemente ocurrió en junio, no
en abril, poco antes de Semana Santa;
paseábamos por la Rampa
después de medianoche, María Alexandrovna
me miró con ojos encendidos de cólera,
Heberto Padilla estaba fumando,
todavía no lo habían encarcelado.
Pero hoy ya nadie le recuerda, porque está perdido,
un amigo, un hombre perdido,
y algún desertor alemán estalló en una risa deforme,
y también acabó en prisión, pero eso fue después,
y ahora está aquí otra vez, de nuevo en su país,
embriagado y haciendo investigaciones de interés nacional.
Resulta raro que yo lo recuerde todavía,
sí, es poco lo que he olvidado.
Charlábamos en una jerga híbrida
de español, alemán y ruso,
acerca de la terrible zafra
azucarera de los Diez Millones
-hoy ya nadie la menciona, desde luego.
¡Maldito azúcar! ¡Vine aquí de turista!,
aulló el desertor y después citó a Horkheimer,
¡nada menos que a Horkheimer en La Habana!
También hablamos de Stalin, y de Dante,
no puedo imaginarme por qué,
ni qué relación guarda Dante con el azúcar.
Y miré hacia fuera distraído
sobre el muelle del Caribe,
y allí vi, mucho más grande
y más blanco que todas las cosas blancas,
muy lejos -yo era el único que lo veía allí
en la oscura bahía, en la noche sin nubes
y en un mar negro y liso como un espejo-
vi el iceberg, alto, frío, como una helada Fata Morgana,
deslizándose hacia mí, inexorable y blanco.
DECLARACIÓN DE PÉRDIDAS
Perder el pelo, perder la calma,
¿me explico?, perder el tiempo,
librar una batalla perdida,
perder peso y esplendor, perdón, no importa,
perder puntos, déjame terminar de una vez,
perder la sangre, perder al padre y a la madre,
perder el corazón, hacer tiempo perdido
en Heidelberg, y ahora otra vez,
sin parpadear, el encanto de la novedad,
olvídalo, perder los derechos civiles, me do cuenta,
perder la cabeza, por favor
si no puede evitarse,
perder el Paraíso Perdido, y qué más,
el empelo, al Hijo Pródigo,
perder la cara, que le vaya bien,
dos Guerras Mundiales, una muela,
tres kilos de sobrepeso,
perder, perder, y volver a perder, hasta
las ilusiones perdidas hace tanto tiempo,
y qué, no desperdiciemos una palabra más
en la tarea perdida del amor, digo que no,
perder de vista la vista perdida,
la virginidad, qué lástima, las llaves,
qué lástima, perderse en la multitud,
perderse en las ideas, déjame terminar,
perder la mente, el último céntimo,
no importa, termino en un momento,
las causas perdidas, toda sensación de bochorno,
todo, golpe a golpe,
¡ay!, hasta el hilo del relato,
el carnet de conducir, las ganas.
1/15/2014
El hundimiento del Titanic
CANTO IV
¡Aquellos sí eran buenos tiempos! Creía
en cada palabra que escribía, y escribía
El hundimiento del Titanic.
Era un buen poema.
Recuerdo exactamente
cómo comenzaba, con un sonido.
"Se oye un rasgueo", escribí,
"que se detiene. Silencio". No,
no era así. "Un sutil tintineo".
"el tintineo de la cubertería de plata".
Sí, era así como empezaba, creo.
Más o menos. Y así sucesivamente.
Cito de memoria.
He olvidado el resto.
¡Qué agradable sensación la de ser
ingenuo! NO quería convencerme
de que la fiesta tropical había terminado.
(¿Qué quieres significar con "fiesta"? Eraq el apuro,
no finjas, el apuro y la necesidad.)
Ahora, pocos años después,
todo funciona ya,
hay zapatos para todos,
suficientes bombillas y desempleados,
nuevas maquinarias y reglamentos.
Siento frío en los huesos,
un anacronismo
dentro de un anacronismo.
Me llega el olor del carbón quemándose.
Allí donde Europa es más sucia,
allí vivo bajo estatuas de hierro
de los Hohenzoller, que se pudren lentamente,
y miembros del Comité Central,
en amarga y angustiosa miseria nacional,
y recuerdo, y reúno todas
mis remembranzas. No te preocupes,
solía decirme a mí mismo, no es más que un espejismo,
en realidad la isla de Cuba
no vacila bajo nuestros pies.
Y tenía razón yo entonces,
porque en aquella época nada zozobraba
excepto mi poema
acerca del hundimiento del Titanic.
Era un poema escrito a lápiz
en una libreta forrada
de negro, no tenía copia,
porque en toda la isla de Cuba
no había en aquella época una sola hoja de papel carbón.
¿Te gusta?, le pregunté
a María Alexandrovna, y entonces
lo metí en un sobre comercial.
Partió del puerto de La Habana
en una saca postal hacia París
y nunca más apareció.
Todos conocemos el resto de la historia.
Afuera está nevando. A veces
trato de retomar el hilo, y a veces,
como ahora por ejemplo, creo haberlo encontrado.
Tiro de él. El velo se rasga en dos
con un sonido silbante, y en la ancha luz del día
los reconozco a todos: a las mulatas,
al capitán de barba blanca,
a Dante (1265-1321), a Jerome el fogonero
(se ignora su nombre de pila (1888-1912),
al Viejo Maestro de Umbría
con las uñas manchadas de pintura,
nacido en tal añpo
y muerto en tal otro,
María Alewxandrovna (1943- )...
Todos ellos,
los que murieron congelados, los que se ahogaron,
1217 en total, o 1500,
según otros. ¡Sigan discutiendo,
carcomas! ¡Sigan discutiendo, gusanos!
Yo sí los conocía a todos,
hasta a los cinco chinos, aplastados
como sacos de harina contra el entablado
del bote salvavidas. Creo conocerlos,
pienso que viven todavía,
pero no estoy dispuesto a jurarlo.
De modo que estoy sentado aquí, metido
en frazadas, mientras afuera nieva. Y me divierto
con el final, el hundimiento del Titanic.
No hay nada mejor que hacer.
Como un Dios, dispongo de tiempo.
No tengo nada que perder. Me ocupo
del menú, de los radiogramas, de los ahogados.
Los recopilo, los rescato
de las negras aguas heladas del pasado.
Restos, frases rotas,
cajas de fruta vacías, grandes sobres comerciales
color cuero, empapados y manchados de agua salada,
recojo versos de las olas,
de las oscuras y cálidas olas
del Caribe, infestado de tiburones,
de versos desmembrados, de salvavidas
y souvenirs en torbellino
CANTO V
Tomen lo que les han quitado,
tomen a la fuerza lo que siempre ha sido suyo,
gritó, congelándose en su ajustada chaqueta,
su pelo ondeando bajo el pescante,
soy uno de ustedes, gritó,
¿qué esperan? Éste es el momento,
echen abajo las barandas,
tiren a esos degenerados por la borda
con todos sus baúles, perros, lacayos,
mujeres, y hasta niños,
usen la fuerza bruta, los cuchillos, las manos.
Y les mostró el cuchillo,
y les mostró las manos desnudas.
Pero los pasajeros del entrepuente,
emigrantes, todos a oscuras,
se quitaron las gorras
y lo escucharon en silencio.
¿Cuándo tomarán la venganza,
si no ahora? ¿O es que no pueden
soportar ver sangre?
¿Y la sangre de sus hijos?
¿Y la suya? Y se arañó la cara,
y se cortó las manos,
y les mostró la sangre.
Pero los pasajeros del entrepuente
lo escuchaban inmóviles.
No porque él no hablara lituano
(no lo hablaba), ni porque estuvieran ebrios
(hacía tiempo que habían vaciado
sus anticuadas botellas
envueltas en toscos pañuelos),
ni porque estuvieran hambrientos
(aunque estaban hambrientos).
Era otra cosa. Algo
difícil de explicar.
Entendían bien
lo que él decía, pero no lo
entendían a él. Sus frases
no eran las frases de ellos. Golpeados
por otros miedos y otras esperanzas,
aguardaban allí pacientemente
con sus bolsos, sus rosarios,
sus raquíticos hijos, recostados
en las barandas, dejaron
pasar a otros, prestándole atención
respetuosamente,
y esperaron hasta que se ahogaron.
1/14/2014
El hundimiento del Titanic
EL ICEBERG
El iceberg avanza hacia nosotros
inexorablemente.
Ve cómo se suelta
del frente del glaciar,
de los pies del glaciar.
Sí, es blanco,
se mueve,
sí, es más grande
que todo cuanto avanza
en el mar,
en el aire
o la tierra.
Sueños mortales
que una larga caravana
de icebergs atraviesa.
"A doscientos cincuenta pies de altura
sobre el nivel del mar,
destellan sus colores
que son maravillosos
y totalmente diáfonos."
"Como si fuese un sol
multiplicado
sobre las celosías de cientos de palacios."
Mejor es no pensar en lo que pesa
un iceberg.
Cuantos lo han visto
no olvidarán jamás tal escpectáculo
aunque vivan cien años.
"Ese espectáculo aguza la imaginación
pero llena el corazón
de un sentimiento de involuntario horror."
El iceberg carece de futuro.
Flota a la deriva.
No podemos hacer uso de él.
Existe, sin duda.
No tiene valor.
La confortabilidad
no es su fuerte.
Es mayor que nosotros.
Siempre y únicamente
vemos su cima.
Es efímero.
No se preocupa.
Nunca progresa,
pero "cuando, parecido
a una inmensa mesa
de mármol blanco,
veteado de azules,
se mueve de improviso y quiebra lo profundo,
todo el mar se estremece".
En nada nos concierne,
sigue su ruta monocorde,
no necesita nada,
no se reproduce,
y se derrite.
No deja huellas.
Se disipa perfectamente.
Sí, ésa es la palabra:
perfectamente.
CANTO IX
Todos esos extranjeros que posaban ante los fotógrafos
en los cañaverales de azúcar de Oriente, sus machetes en alto,
el pelo pegajoso, y camisas de mezclilla
endurecidas por el sudor y la melaza: ¡qué gente tan superflua!
En las entrañas de La Habana la miseria ancestral
continuaba su tarea de putrefacción, la ciudad hedía a orina vieja
y vieja servidumbre, los frifos se secaban por la tarde,
la llama del gas se apagaba en el fogón, las paredes
se desmoronaban, no había leche fresca, y por la noche
"el pueblo" hacía paciente cola para comer pizza.
Pero en el Hotel Nacional, en los salones frente al mar,
donde hace mucho tiempo solían cenar los gángsters, los senadores,
con emplumadas reinas del striptease
sentadas en sus adiposos muslos y regateando una propina,
deambulan ahora un puñado de trasnochados
trotskistas de París, que se sienten
"dulcemente subversivos", tirándose unos a otros bolitas de pan
y citas de Engels y Freud.
Cena 14 de abril de 1969
(Año del Guerrillero Heroico)
Cóctel de langostinos
Consomé Tapioca
Lomo a la parrilla
Ensalada de berro
Helados
Más tarde emergían en cubierta, en blanco y negro,
unos cuantos jugadores vestidos de etiqueta,
y damas en largos vestidos con perlas, ante mirones
en albornoz que lanzaban trozos de hielo al descuido,
poco antes de medianoche, en una película de Hollywood.
Era cerca de medianoche, el aire estaba húmedo y cálido.
Niños semidesnudos invadían el destartalado cine
en la Calzada de San Miguel, riendo y trepándose
en las butacas sucias. La imagen era sombría y borrosa,
el sonido era rayado: una copia malísima.
EN el blanco entablado de cubierta, Barbara Stanwyck
saltaba de un lado a otro con Clifton Webb, las imágenes danzaban,
y de pronto, como siempre, de la necesidad surgió el caos.
No olvides el revólver, querido, piensa
en tus esmeraldad, en los sándwiches,
en tu manuscrito. Y tú, lleva la Biblia,
y tu pequeño cerdito de hojalata que toca "Maxixe"
cada vez que le tuerces el rabo, tu pequeño cerdito
de hojalata de colores, ¡que no se te olvide!
Delegaciones. Mulatas. Comandantes. En el comedor
los habmrientos poetas de Paraguay siguen discutiendo
con los trotskistas en una nube de tabaco.
En las escaleras de incendios, los jóvenes delatores
que taratean suaves rumbas y los checos
con sus relojes y sus negocios sucios.
Incluso antes que el miedo, te golpea el ruido como un puño.
El oído agredido no puede asimilarlo. Son tus pies los que te advierten:
El casco rechina, un vapor estruendoso sale de las chimeneas.
Las calderas se apagan, las mamparas caen,
los motores se detienen. Ahora todo está quieto,
súbitamente quieto. Una sensación de modorra,
como si uno hubiera despertado de una pesadilla
a las cuatro de la madrugada en la habitación del hotel,
y escuchara atento. No hay señales de vida.
Hasta el frigorífico está en silencio. Con gusto
acogeríamos ahora cualquier sonido,
un chasquido de la caldera,
un ladrón, un registro de la policía...
Nunca volverá todo a estar tan seco y quieto como ahora.
El hundimiento del Titanic
EL APLAZAMIENTO
Observando la famosa erupción del Helgafell,
un volcán en la isla de Heimaey,
transmitida en directo por una docena de cadenas de TV,
vi a un anciano en tirantes salpicado de azufre y sulfuro,
que, haciendo caso omiso de la tormenta, el calor, los cables de TV,
las cenizas y los espectadores (incluyéndome a mí, agachado
en mi alfombra ante la lívida pantalla), sostenía
una manguera de jardín, delgada pero claramente visible,
apuntando hacia la rugiente lava.
Se le sumaron vecinos, niños, bomberos, todos apuntando
más y más mangueras a la enfurecida lava que avanzaba,
hasta transformarla en un muro cada vez más alto, duro,
frío y húmedo, color ceniza, aplazando así, acaso no para siempre,
pero al menos por ahora, la Decadencia de Occidente,
razón por la cual los habitantes de Heimaey, cerca de Islandia,
a menos que hayan muerto todos desde entonces, continúan
viviendo en sus limpias casas multicolores de madera,
sin que los molesten las cámaras, regando tranquilamente sus lechugas
que, gracias, a la lava, han crecido
simplemente enormes, y, al menos por ahora,
no muestran señales del inminente desastre.
CANTO XIV
No es como una matanza, ni como una bomba;
no hay sangre, nadie es mutilado;
es simplemente una inundación, un aumento gradual
por doquier. La humedad se filtra.
Se forman diminutas perlas, regueros.
Lo que ocurre es que se te humedecen las suelas,
los puños de las camisas se te empapan, el cuello se torna
pegajoso en la nuca, se te empañan las gafas;
las cajas fuertex exudan, y se han manchado
las rosetas de yeso en el techo. Lo que ocurre es
que todo huele a su olor sin olor,
que gotea, se derrama, chorrea, se vierte;
no alternativamente, sino todo a la vez,
ciegamente, coincidentemente, promiscuamente,
humedeciendo el bizcocho, el sombrero de paño, los calzoncillos,
lamiendo sudorosamente las llantas de las sillas de rueda,
estancando el salobre en los urinarios, filtrándose
hacia los hornos; y ahí está otra vez,
horizontal, húmeda, oscura, callada, inmóvil, simplemente
elevándose, lentamente, lentamente levantando pequeños objetos,
objetos de valor, botellas llenas de líquidos nauseabundos,
llevándoselas descuidadamente hasta que se vacían,
cosas de goma, cosas rotas y muertas; y esto continúa
hasta que tú mismo lo sientes en el esternón;
obstruyendo urgentemente, salobremente, pacientemente,
algo frío y pacífico que te sube, llegándote primero
a las rodillas, luego a las caderas, a los pezones,
a las clavículas; hasta que te toca el cuello, hasta que lo bebes,
hasta que sientes el agua sedienta
buscándote la entraña, la tráquea, el útero,
la boca; y sabes entonces lo que se propone: se propone
llenarlo todo, tragar y que la traguen.
1/10/2014
El hundimiento del Titanic
CANTO XV
A la hora de la sobremesa le dijimos si no le molestaba
la solemnidad negra como la tinta, de sus metáforas,
que tales significados y significantes ya no se llevaban,
que la moda era inexorable, también en el arte,
y que los excesos eran excesos. Tampoco comprendíamos
qué tenía que ver Cuba en todo ello, Cuba era una idea fija.
¿Y qué quieres decir -literalmente- con tus historias
sobre la pintura, sobre Gordon Pym, Bakunin y Dante?
Son ustedes, gritó y se puso a lanzar trozos de pan y carn,
quienes lo recogen, lo amalgaman y lo desmenuzan todo
con vuestros cuchillos;
y coertamente no, continuó irritado, yo me embrollo,
balbuceo, hablo a trompicones, mezclo, contamino
pero les juro:
¡Este barco es un barco! -ahora se mostraba más exasperado-
y la lona rajada en dos -esta parte casi la cantó-
simboliza una lona rajada en dos, ni más ni menos,
¿me entienden? Les digo que yo soy como este lienzo,
que se tensa hasta no poder más. Y arrebató el mantel de la mesa.
Tonterías, respondimos, puro galimatías. ¡Una locura!
Pero se puso de pie de un salto. No discuto, dijo bajito,
enseño. Se puso de pie y se disponía a marcharse.
Tuvimos la idea de apuñalarlo por la espalda con nuestros cuchillos de pan,
tan airados estábamos. Pero al llegar a la puerta se volvió
y empezó otra vez: ¡Olvidan (dijo en su forma más desdeñosa)
que también yo he comido carne humana, como ustedes y Gordon Pym!
He escuchado los estertores del viejo anarquista
sobre la sucia almohada en la habitación contigua,
mientras yo abrazaba a su esposa, sonriente.
Precisamente ustedes no pueden burlarse de mí. Además
(no acababa de irse), ¿qué podía hacer yo?
¿Creen que he sido yo el que inventó este cuento
del barco que se hunde, que es un barco y a la vez no lo es?
El loco que se cree Dante es Dante.
Siempre hay un pasajero a bordo con este nombre.
Las metáforas no existen. No saben de lo que hablan.
Mera confusión, gritamos confundidos. Esto no es un poema,
es un embrollo. Al fin se marchó. Se fue,
y nos miramos y miranmos nuestros cuchillos de fruta,
y nos preguntamos si puede haber metáforas
con tanto filo. Entonces seguimos comiendo peras y albaricoques.
CANTO XVI
El naufragio del Titanic consta en acta.
Es tema para poetas.
Libre de impuestos al cien por cien.
Es otra prueba de que las enseñanzas de Vladimir Ilich Lenin son correctas.
Lo exhibirán por televisión después de los deportes.
Es valiosísimo.
Es inevitable.
Es mejor que nada.
Hace fiesta el lunes.
Es ecológico.
Muestra la vía hacia un futuro mejor.
Es Arte.
Crea nuevos empleos.
Comienza a alterar los nervios.
Está legalmente registrado.
Tiene sólida base en la clase obrera.
Llega justo a tiempo.
Funciona.
Es uno de esos espectáculos cuya belleza deja sin aliento.
Es algo que debería hacer meditar a los responsables.
Ya no es lo que fue.
1/09/2014
El hundimiento del Titanic
MAGRO CONSUELO
La lucha del hombre contra el hombre,
según fuentes fidedignas
cercanas al Ministerio del Interior,
será nacionalizada en su momento,
hasta la última gota de sangre.
Saludos de Thomas Hobbes.
Una guerra civil librada con armas desiguales:
es la cadena de la bicicleta de otro.
Evenenadores e incendiarios
deberán organizar un sindicato
para proteger su puesto.
Nuestro servicio carcelario
es abiertamente liberal.
Ofrecen El Sistema de Ayuda Mutua
en el Mundo Natural, de Kropotkin,
encuadernado en plástico negro, lavable,
como un manual de estudios.
Magro consuelo.
Para desaliento nuestro, nos hemos enterado
de que no existe la justicia, y más aún,
para nuestro mayor desaliento,
fuentes informadas rebosantes de placer
que nos comunicado
que nada remotamente parecido
puede o debe existir, ni existirá jamás.
Todavía no está claro
dónde reside la culpa. ¿En el pecado original?
¿En la genética? ¿En los cuidados a los recién nacidos?
¿la falta de educación sentimental?
¿El capitalismo? ¿Una dieta poco saludable?
¿El diablo? ¿El machismo?
Averiguarlo sería bueno, sería
un bálsamo en las heridas de la Razón.
Lamentablemente, no podemos abstenernos
de violentarnos, de crucificarnos unos a otros
en el cruce más próximo
y de engullir después los despojos.
Estamos molestos, per no sorprendidos
por nuestras diarias atrocidades.
Lo que nos anonada
es la tácita ayuda,
la generosidad infundada
y la dulzura angelical.
Es hora ya, por lo tanto,
de exaltar con verbo encendido
al camarero que escucha horas enteras
los lamentos del hombre impotente;
la misericordia del representante de galletas
que rompe a última hora
la orden de ejecución;
a la beata que oculta
inesperadamente al desertor que llama a su puerta;
y al secuestrador, súbitamente fatigado,
que renuncia a su enmarañada tarea
con una débeil sonrisa de complacencia.
Dejamos el periódico encogiendo los hombros,
llenos de alegría, la alegría
que sentimos cuando termina la película,
se encienden las luces en la sala de cine, afuera
la lluvia ha cesado, y anhelamos
dar una calada al cigarrillo.
NUEVOS MOTIVOS POR LOS QUE LOS POETAS MIENTEN
Porque el instante
en que la palabra feliz
se pronuncia
no es nunca el instante de la felicidad.
Porque los labios del sediento
no hablan de sed.
Porque por boca de la clase obrera
nunca oiréis la palabra clase obrera.
Porque el desesperado
no tiene ganas de decir
"estoy desesperado".
Porque orgasmo y Orgasmo
son incompatibles.
Porque el moribundo, en lugar de decir,
"me estoy muriendo"
no emite más que un ruido sordo
que nos resulta incomprensible.
Porque los vivos
son los que rompen el tímpano de los muertos
con sus terribles noticias.
Porque las plabras acuden siempre demasiado tarde
o demasiado pronto.
Porque de hecho es otro,
siempre otro,
el que habla,
y porque aquel de quien se habla
calla.
El hundimiento del Titanic
CANTO XIX
Había un hombre en el mar, flotando
en un tablón, en una mesa,
no, no era una mesa, era una puerta,
a la que se aferraba, bamboleado
arriba y abajo, de vez en cuando
algo helado le inundaba el rostro,
sin devorarlo. No veía nada,
nadie le veía los ojos, porque tenía la cara
pegada al tablón, era un hombre pequeño,
aplastado, como si una enorme mano
lo hubiese clavado a la puerta.
Sólo los muertos se ven tan pequeños. Algunos
que pasaban cerca en un bote lo llamaron,
pero él no respondió. Debe de estar muerto,
dijeron algunos, pero hubo quienes le quisieron ayudar.
Otra vez la vieja disputa. Remaron hasta dejarlo atarás,
discutieron otra vez, y regresaron.
Lo subieron a bordo zafándole los nudos
con que se había crucificado a sí mismo
a los goznes de la puerta. ¡Es un niño!,
exclamó alguien, volviéndolo boca arriba, y empezaron
a frotarle las manos. Era un japonés.
Abrió los ojos, habló en su lengua nativa,
y a los pocos minutos se puso en pie de un salto,
alzó los brazos, brincando, moviendo los pies,
y enseguida tomó los remos y remó hasta el amanecer,
golpe a golpe, charlando alegremente
todo el tiempo. No estaba muerto
ni era el Mesías,
y nadie entendía lo que decía.
CANTO XXI
Después, como siempre, todo el mundo lo había visto venir,
excpeto nosotros, los muertos. Después abundaron
los presagios, los rumores y las versiones cinematográficas.
Alguien mencionó las carreras de perros
celebradas en la cubierta C, deporte bastante raro
para un barco; habían preparado liebres metálicas
con pintura brillante, movidas por un ingenioso mecanismo,
para incitar a los galgos a realizar esfuerzos ilícitos;
se cuenta que muchos pasajeros menesterosos perdieron
sus últimas guineas en este monótono pasatiempo. Y qué decir
de la grieta en la campana del barco, y del hecho
de que se había tornado agrio el burdeos Château Larose del 88
utilzado en el bautizo del barco; la conducta misteriosa
de las ratas en Queenstown, última escala del viaje;
y el silenciado caso de la furia sanguinaria
en la capilla del barco. Ominosos accidentes,
vicios innombrables; pero ¿por qué hemos de cargar
con la culpa? ¿Cómo sospechar que se daban latigazos
a las duquesas debajo de las mesas de juego? ¿Que las niñas
menores de edad pedían auxilio por los conductos de ventilación
y que en los baños turcos había hermafroditas
mostrando sus orificios? Ahora, retrospectivamente,
todo el mundo alega haber oído el sonido de un órgano,
sin que lo tocaran manos humanas, y que pasó la noche
emitiendo profanas tonadas, como última advertencia
a todos nosotros.
"Divina Némesis" ¡Fácil decirlo una vez ocurrido!
Las penúltimas palabras de un grave caballero
poco antes de hacernos a la mar:
¡Ni Dios mismo podría hundir este barco! Bueno,
no lo oímos. Estamos muertos. Nada sabíamos.
PARA UNA TEORÍA DEL CONOCIMIENTO
Aquí tienes una caja,
una caja grande
con una etiqueta que dice
caja.
Ábrela,
y dentro encontrarás una caja,
con una etiqueta que dice
caja dentro de una caja cuya etiqueta dice
caja.
Mira adentro
(de esta caja,
no de la otra)
y encontrarás una caja
con una etiqueta que dice...
y así sucesivamente,
y si sigues así,
encontrarás
tras esfuerzos infinitos
una caja infinitesimal
con una etiqueta
tan diminuta,
que lo que dice
se disuelve ante tus ojos.
Es una caja
que sólo existe
en tu imaginación.
Una caja
perfectamente vacía.
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