3/18/2017

El queltehue. Damaris Calderón.








El pájaro que entró no saldrá
ni por el hueco de la sien.
Perdió las alas.
No saldrá.
No metamorfosis.
No Ovidio.
El pensamiento de lo que América sería
si los clásicos tuvieran una vasta circulación
no turba mi sueño.

El queltehue
cuyos huevos empollan en la cabeza del hombre.
La cabeza se inclina con frondosidad.

Toda la podredumbre alcanza su cocción.
El frailecillo susurró:
"No es dejéis tentar por la letra".

Un insecto devorando un clásico
no turba mi sueño, oh no, 
ni el pensamiento de lo que América sería. 






1/21/2017

La conquista del espacio. Camilo Retana.










James Irwin,
octavo hombre en pisar la luna, 
emprendió varios viajes a Turquía
en busca del arca de Noé.

Edgar Mitchell,
tripulante de la misma nave,
dice estar seguro
de que hay vida extraterrestre.

Charle Duck,
exastronauta bravucón,
visita hoy asiduamente
la iglesia de New Braunfels, Texas.

Buzz Aldrin,
piloto de esa misma tripulación,
la más famosa de la historia,
asegura haber visto 2001: una odisea en el espacio
antes de haber pronunciado
aquellas palabras tristes
sobre el suelo de la luna:
"Maravillosa vista desde aquí,
magnífica desolación".





Revista campotraviesa
Invierno 2016
Nº 9




10/18/2016

Centuria. Cien breves novelas-río. Giorgio Manganelli (VI)







Un señor meticuloso pero un poco abstracto, recibió cierto día una carta, que realmente llevaba tiempo esperando. La carta procedía de la Oficina de Existencias y le decía, con lacónica cortesía, que era inminente su declaración de existencia dentro de breve tiempo. Se alegró del mensaje, y no hizo nada, ya que con mucha antelación había hecho todo lo necesario para existir, a partir de cualquier momento, con o sin preaviso. Ligeramente eufórico ante la idea de existir, consideró el momento en que se encontraba entonces, esa laguna entre el existir y el no existir, como una especie de vacaciones; puesto que nada podía ocurrirle hasta que no hubiese comenzado realmente a existir, se trató con cierta indulgencia: se levantaba tarde, paseaba gran parte del día, realizaba breves viajes a lugares relajantes y pintorescos. Esperaba la carta definitiva, sin impaciencia, ya que sabía que los trámites eran delicados, las operaciones sutiles, las distancias enormes, el servicio de correos poco eficiente. Al cabo de tres meses de la primera carta, recibió una segunda, que le informaba de un error: la carta anterior le había llegado por culpa de una homonimia diacrónica, ya que un hombre con su mismo nombre y apellido tenía que nacer dentro de seis siglos, en aquella misma ciudad. Por consiguiente, la carta anterior quedaba anulada, y su expediente había sido abierto de nuevo, y estaba en curso de dictamen; aunque la carta no insinuara una inminente existencia, el tono era alentador. Experimentó una ligera contrariedad, pero no estimó oportuno disgustarse, ya que en el universo él seguía siendo una cosa muy pequeña; e intentó considerar el aplazamiento como unas nuevas vacaciones; pero no podía negar que sus inocentes desahogos tenían algo de amargo. La tercera carta llegó al cabo de otros seis meses; evidentemente no se refería a él, y alguien debía haberle enviado una carta ajena, ya que en ella se hablaba de su muerte ya producida, y se lamentaba la fallida entrega en el despacho de la compañía del hombro izquierdo. No pudo dejar de pensar que la Oficina de Existencias cometía graves errores, cosa que le entristeció. Al cabo de un año, una nueva carta, escrita de manera extrañamente al margen de la gramática, aludía por segunda vez al problema del hombro izquierdo, y llevaba una fecha que era nueve siglos posterior al día en que le había llegado. Examinando atentamente el sobre, se dio cuenta de que su hombre estaba escrito con una ligera inexactitud, y en aquel mismo momento dejó tanto de preexistir como de no existir. 








Al salir de una tienda en la que había entrado para comprar una loción para después del afeitado, un señor de mediana edad, serio y tranquilo, descubrió que le habían robado el Universo. En lugar del Universo había sólo un polvillo gris, la ciudad había desaparecido, desaparecido el sol, ningún ruido provenía de aquel polvo que parecía estar totalmente acostumbrado a su oficio de polvo. El señor poseía una naturaleza tranquila, y no le pareció oportuno hacer una escena; se había producido un hurto,  un hurto mayor de lo habitual, pero al fin y al cabo un hurto. En efecto, el señor estaba convencido de que alguien había robado el Universo aprovechando el momento en que había entrado en la tienda. No era que el Universo fuese suyo, pero él, en tanto que nacido y vivo, tenía algún derecho a utilizarlo. En realidad, al entrar en la tienda, había dejado fuera el Universo, sin aplicar el mecanismo antirrobo, que no utilizaba jamás, pues sus enormes dimensiones lo hacían de un uso poco práctico. Pese a su severidad consigo mismo, no se sentía culpable de escasa vigilancia, de imprudencia; sabía que vivía en una ciudad afectada por una delincuencia insolente, pero jamás se había producido un hurto del Universo. El señor tranquilo se dio la vuelta, y, tal como esperaba, la tienda también había desaparecido. Cabía pensar, por consiguiente, que los ladrones no andaban demasiado lejos. Se sentía, sin embargo, impotente y algo molesto; un ladrón que roba todo, incluido todos los comisarios de policía y todos los guardias urbanos, es un ladrón que se sitúa en una posición de privilegio que habitualmente no corresponde a un ladrón; el señor, aunque tranquilo, experimentaba aquel estado de ánimo que lleva a muchos señores a escribir cartas a los directores de periódicos; y de existir periódicos, tal vez lo hubiera hecho. De igual manera, de haber existido una comisaría, habría formalizado una denuncia, precisando que el Universo no era suyo, pero que lo utilizaba todos los días, desde el instante de su nacimiento, de manera cuidadosa y sobria, sin haber tenido jamás que ser llamado al orden por las autoridades. Pero no había comisarías, y el señor se sintió molesto, burlado, vencido. Se estaba preguntando que tenía que hacer, cuando, inequívocamente, alguien le tocó en el hombro, tranquilamente, para llamarle. 







Un famoso fabricante de campanas, de larga barba y absolutamente ateo, recibió cierto día la visita de dos clientes. Iban vestidos de negro, muy serios, y mostraban un bulto en los hombros, que el ateo pensó que podía ser las alas, como se dice que usan los ángeles; pero no hizo caso, porque no era conciliable con sus convicciones. Los dos señores le encargaron una campana de grandes dimensiones -el maestro jamás había hecho ninguna tan enorme- y de una aleación metálica que nunca había utilizado; los dos señores explicaron que la campana produciría un sonido especial, totalmente diferente al de cualquier otra campana. En el momento de despedirse, los dos señores explicaron, no sin una pizca de embarazo, que la campana tenía que servir para el Juicio Universal, que ahora era inminente. El maestro de las campanas rió amistosamente, y dijo que nunca habría Juicio Universal, pero que, de todos modos, haría la campana de la manera indicada y en la fecha concertada. Los dos señores pasaban cada dos o tres semanas a ver cómo avanzaban los trabajos; eran dos señores melancólicos y, aunque admirasen el trabajo del maestro, parecían íntimamente descontentos. Después, durante un tiempo, dejaron de aparecer. Mientras tanto, el maestro finalizó la mayor campana de su vida, y descubrió que estaba orgulloso de ella, y en el secreto de sus sueños le pareció que deseaba que una campana tan hermosa, única en el mundo, fuera usada con ocasión del Juicio Universal. Cuando la campana ya estaba terminada y montada sobre un gran trípode de madera, los dos señores reaparecieron; contemplaron la campana con admiración, y al mismo tiempo con profunda melancolía. Suspiraron. Finalmente, aquel de los dos que parecía más importante, se dirigió al maestro y le dijo en voz baja, casi con vergüenza: "Tenía razón usted, querido maestro: no habrá, ni ahora ni nunca, ningún Juicio Universal. Ha sido un terrible error." El maestro miró a los dos señores, también él con una cierta melancolía, pero benévola y feliz. "Demasiado tarde, señores míos", dijo, con voz baja y firme; y asió la cuerda, y la gran campana sonó y sonó, sonó fuerte y alta y, tal como debía ser, los Cielos se abrieron. 








El caballero que ha dado muerte al dragón -un hombre apuesto, de gran porte, ágil y aseado, aunque mortal- ata la gran masa de temible carne a la silla y se pone en marcha hacia la ciudad. Está orgulloso de la hazaña, aunque oscuramente se dé cuenta de que su lanza ha estado guiada, a partes iguales, por el destino y por la estupidez; pasa por aldeas, y la gente, acostumbrada al terror del monstruo, se encierra en sus casas y atranca las puertas; el caballero ríe, y piensa que en la ciudad el rey le abrazará delante de todo el pueblo y, al menos formalmente, le ofrecerá su hija por esposa. El caballero, arrastrando el cuerpo, los dientes, los ojos entornados del dragón, pasa junto a un cementerio, una iglesia, una casa solitaria; pero nadie se asoma para rendirle homenaje: ni siquiera los muertos, que se limitan a un murmullo que incluso podría ser de reprobación; ¿por qué no sale el sacerdote a bendecir al matador? ¿Por qué los habitantes de la casa no salen a besarle los estribos? ¿Acaso le temen, a él, al hombre que les ha liberado del monstruoso monstruo? El caballero está enojado, y cada vez más orgulloso de su hazaña. He ahí que cruza la puerta de la ciudad, se adentra por la calle mayor que conduce al palacio real; la calle está atestada, pero a medida que avanza percibe que está sucediendo algo extraño: el gentío enmudece, se aparta, desvía la mirada y él sabe que no lo hacen por miedo al horrible monstruo, sino para no mirarle a él, al caballero. No puede dejar de percibir que le está rodeando una sensación de repugnancia; los ciudadanos no sienten miedo, sino asco de él. El caballero está estupefacto, indignado, abrumado. Una ventana se cierra bruscamente, oye o cree oír duros insultos. ¿Acaso no ha matado al dragón? ¿No estaban todos de acuerdo en que el dragón tenía que ser muerto? ¿No había miles de historias de paladines que mataban dragones y obtenían mujeres y palacios y motocicletas japoneses? ¿Tal vez se ha equivocado de dragón? No, nadie había hablado jamás de dos dragones, nunca hay dos dragones. Quisiera sentir ira, pero se siente muy melancólico; no entiende. Se da cuenta de que no es el momento de acudir ante el rey, y he ahí que se detiene en una encrucijada, mientras la gente se aleja. ¿Qué hacer? El caballero desciende del caballo, y se vuelve a mirar al dragón, feo y tranquilo. Por primera vez contempla su cuerpo, su rostro, la piel dura, los espolones tiesos; ¿qué sentimientos experimenta el caballero? Por primera vez está consternado y percibe su suerte de matador del dragón como cómica y torpe; y, confusamente, se da cuenta de que pasará el resto de su vida contemplando aquel cadáver incorruptible. 







Un hada del país de las hadas, célebre por sus distracciones, y por una cierta irritante inutilidad de sus iniciativas, se equivocó un día de tren, y en lugar de llegar a un país en el que vivían otras hadas consanguíneas suyas, todas ellas un poco atolondradas, llegó a un país en el que no había una sola hada y donde nunca habían estado. El hada sólo se dio cuenta de ello después de bajar del tren, y descubrir que ni siquiera sabía dónde se hallaba; durante algún tiempo vagabundeó con la esperanza de encontrar otra hada; pero al poco rato tuvo que rendirse a la evidencia de que aquél no era un país de hadas. La distraída se sintió perdida, y experimentó una gran angustia. No sabía qué tren había tomado en lugar del correcto, y por consiguiente no podía tomarlo de vuelta. Decidió recurrir a una solución poco digna, la de elegir una persona ante la cual aparecerse. Por una parte los niños le gustaban, pero no les creía capaces de darle las informaciones necesarias; también le caían bien los ancianos, pero le asustaba su charla, su obsesión por ser indiscriminadamente útiles. Al final eligió a un señor con un aire a un tiempo tranquilo y excesivamente pensativo; el cual, a decir verdad, era ligeramente propenso a las alucinaciones, fantasías paranoicas, estados crepusculares: en suma, tenía una idea del mundo extremadamente realista y articulada. Creía en las hadas, en los números mágicos, en el buque fantasma. Cuando el hada se materializó delante de él, el señor le saludó de manera solemne, y expresó con sobria elocuencia el placer de encontrar un hada tan distinguida. Aunque era un hombre modesto, ¿podría serle útil en algo? Sí, podía. Se sintió muy halagado. El hada le explicó su problema, y el señor excesivamente pensativo le acompañó gentilmente a la estación, le subió al tren adecuado, le explicó en qué estación debía apearse, y se despidió con una reverencia. Se alejó con los ojos llenos de lágrimas, ya que se había dado cuenta de que en aquel momento quedaba explicada toda su vida vida, pero que la explicación no se repetiría. El hada sintió nostalgia del señor pensativo, y pensaba que sería correcto volver a visitarle; después se le olvidó. El señor pensativo jamás olvidó al hada; de vez en cuando acude a la estación a ver pasar aquel tren; de vez en cuando sube a él, y recorre dos o tres estaciones. Después baja, regresa, e intenta conservar firmemente en sus débiles manos aquel mínimo significado, pero significado total, gracia concedida por un hada distraída, a él el hombre más insignificante y tonto de toda la ciudad.











Centuria. Cien breves novelas-río. Giorgio Manganelli.











El animal perseguido por los cazadores experimenta, durante su fuga silenciosa y precavida, innumerables transformaciones que hacen imposible una descripción científicamente aceptable. En efecto, en la primera parte de la fuga se parece a la zorra, tiene el pelo rojizo, pero un hocico más largo que el habitual en las zorras o en otros felinos; tiene una cola larga e inquieta, y moviéndola borra sus huellas; rara vez, sin embargo, los perros se dejan engañar por esta fácil astucia, por lo que la fiera comienza a cambiar de forma y color. En ocasiones se pone verde, de modo que puede mezclarse y ocultarse en la espesura de la selva, y tiene ásperos aguijones, que mantienen a distancia a los asaltantes; ha perdido la cola, y corre a grandes saltos, con repentinos cambios de dirección. Puede suceder que los cazadores intenten herirla, mientras mantiene esa forma, lanzándole piedras con honda; ya que, en tanto que no cambie de aspecto, no pueden hacerlo de otra manera. Las piedras rara vez le hieren: pero sí le molestan, se estiran hasta convertirle en una especie de serpiente alada de color azul, que se desliza lisa y húmeda entre la hierba y la roca; silba, y de su boca sale un tenue vapor: tiene los ojos amarillos. Los cazadores pueden arrojar flechas contra la serpiente alada: pero aunque den en el blanco, no se hunden en la carne, sino que sólo hieren ligeramente la piel, sin sangre. Pese a sus alas, la serpiente no vuela a no ser a ras de tierra; y si algún cazador fuera capaz, con un veloz caballo, de atraparla y asaetearla en la boca, la bestia moriría; pero los caballos tan veloces son escasos y en general asustadizos. Una vez ahí, le resta a la fiera una última mutación; y a alargada, vemos cómo se aplana, igual que algunos peces, hasta el punto de que entre la parte de arriba y la de abajo existe a veces un espesor de pocos centímetros. Una vez así, es un animal vasto, casi una ancha luna delgada; fácil blanco, y el cazador puede disparar con el fusil, sin errarla; pero su materia es tan escasa, que las balas la atraviesan sin que nunca, o casi nunca, la hieran. Pero poco tiempo le queda al cazador: en efecto, inmediatamente el monstruo, sin darse la vuelta, cambia el atrás y el delante, y perros y caballos y cazadores se encuentran delante de una enorme boca dentada, que taciturna, abierta de par en par, les afronta, les descuartiza, les desgarra y les devora.







Cuando fue nombrado guardián de los retretes públicos, experimentó al principio una cierta humillación; y no cabe duda de que su tarea era, y es, humilde. Debía limpiar las tazas, fregar los suelos, dar papel a quien se lo pedía, abrir el retrete con bidet a los clientes exigentes. En la escala social de la sociedad en que vive, pertenecía y pertenece a un peldaño muy bajo, mucho más bajo del barrendero que trabaja al aire libre; él, en efecto, pasa en los retretes muchas horas al día, y jamás ve el sol, ya que los retretes son subterráneos, y están abiertos de la mañana a la noche. Su retrete es sólo para hombres, y eso le alegra, ya que es un temperamento tímido y se sentiría muy embarazado de tener que abrir un retrete a una señora. El ambiente en el que trabaja es húmedo, siempre tibio, con una temperatura que no cambia mucho de estación a estación; el servicio no es perfecto, porque con frecuencia falta el agua, o uno de los dos lavabos no funciona, y la gente que ha orinado hace cola para lavarse, o sale con las manos sucias, y eso no le parece justo. Cobra un sueldo, y los usuarios de los urinarios suelen darle una pequeña propina; sin embargo, durante mucho tiempo lo ha pasado mal. Gradualmente ha comenzado a sentirse mejor, no ya porque no sienta la misera de su trabajo, sino porque ahora lo siente simplemente como un trabajo. Ha llegado, incluso, a experimentar un cierto orgullo, el hecho de ocupar un lugar tan bajo en la escala social le confiere una dignidad, ya que los guardianes de retretes no pasan de una decena en toda la ciudad, y son el punto más bajo, un punto extremo por tanto, y no todo el mundo es capaz de llegar al punto extremo de alguna cosa. Ahora, además, le está ocurriendo otro cambio: se da cuenta, en efecto, de que el hombre que orina, el hombre que se encierra para defecar es algo radicalmente diverso al hombre que camina por las calles de la ciudad, es un hombre que no miente, que se reconoce criatura, tránsito de comida, perecedero, y junto con aquel que, apoyado en los azulejos, está orinando, él ve al hombre desesperado por las propias heces, por la siniestra eficiencia de su cuerpo, por la incertidumbre acerca de lo que significa que el ser humano utilice los genitales para orinar. El lugar ínfimo también es una catacumba, y el guardián de los retretes descubre que el gesto de orinar contiene una súplica, es la suciedad y la realidad, lo ínfimo y lo supremo; y él considera ahora su urinario como una iglesia, y a sí mismo como oficiante. 









De vez en cuando, digamos que a un ritmo de dos o tres veces al mes, este señor recibe unas llamadas telefónicas que podrían no ir destinadas a él, y que, en cualquier caso, le dejan a veces desconcertado, a veces humillado, a veces excitado, pero siempre entristecido. Diferentes voces irrumpen en su vida bastante aislada, y le hablan, distraídamente, de imágenes de vida que él frecuenta. No pocas veces le proponen delitos, complicidades en acciones sórdidas, en engaños; le ofrecen drogas, mujeres "seguramente sifilíticas", cadáveres de hermosas damas, todavía tibios. Él escucha con horror, con vileza, con excitación. Su vida, pobre en acontecimientos, se enriquece con un siniestro fausto, tiene la sensación de que está en el centro de una poderosa trama de extraordinarias infamias, de crueldades inagotables, de blasfemas apariciones. Las voces que le telefonean cambian, pero él cree haber reconocido al menos tres voces: una voz masculina, adolescente, que le da apresuradas citas, no sabe si para pequeñas pero audaces empresas delictivas, o para más maliciosas complicidades corporales; las citas son siempre imprecisas, imposibles de cumplir, pero dichas en tono imperativo, impaciente; a veces mencionan el lugar, pero no la hora, y el lugar resulta inexistente; otras indican el momento de manera provocativa, "Nos vemos ayer, en la calle". Otra voz es femenina, y sólo le habla de comercios carnales, de traiciones, de fugas, de complicidades; ésta suplica en ocasiones que le acoja, quiere entrar en su vida, y cuando se siente tentado de creer en esta alucinación vocal, la mujer le reprocha la prepotencia masculina, la avaricia afectiva, y se comporta totalmente como una mujer inmerecidamente rechazada. En ocasiones le da citas en casas que no existen, a las cuales él nunca ha intentado dirigirse. La tercera voz, masculina, sugiere la imagen de un hombre extremadamente viejo. Podría ser, se ha dicho el hombre, la voz de un muerto que conoció. El viejo habla monótamente de cosas irrelevantes y casuales; del tiempo, de la guerra de los boer, de los bailes que estaban de moda hace muchos años, tal vez hace muchos siglos. No parece que jamás espere una respuesta, y su discurso es impreciso, como si se moviera entre recuerdos cuyo orden ha extraviado. En esta voz, él tiene alguna vez la impresión de reconocer algún indicio de su propio acento. 








Los dos amigos están unidos por una singular forma de complicidad: el primero cree que es un maníaco sexual, el segundo que está aquejado de manía homicida. Esa condición, que en sí misma resulta cualquier cosa menos aburrida, se complica por el hecho de que ambos se consideran unos estetas y por tanto unos contempladores de su propia manía. Se desprende de ahí que el maníaco sexual es de una singular castidad, y el maníaco homicida de una innatural pero elegante dulzura. En efecto, cada uno de los dos ha delegado en el otro la tarea de perseguir la propia manía: por lo que la corresponde al maníaco sexual satisfacer la manía homicida del amigo, y al maníaco homicida vivir la manía sexual del compañero. Naturalmente, el maníaco homicida, en el papel de maníaco sexual no sería capaz de realizar el más modesto y obvio de los homicidios. Por consiguiente, han decidido confiar el uno en el otro: el maníaco sexual le pide al maníaco homicida que realice alguna salvajada, y él consiente; al cabo de veinticuatro horas pasa a informar, relatando estupros, orgías, jovencitas humilladas: naturalmente él no ha hecho nada de todo eso, la mera idea le horroriza, y si viera una dama amenazada por un bruto correría en su defensa, como un antiguo caballero; pero por el afecto que le une al amigo, está dispuesto a fingirse abyecto delincuente; a cambio, uno de los próximos días el maníaco sexual le describirá minuciosamente un terrible e ingenioso delito, realizado en circunstancias tan sutiles e imaginativas, además de improbables, que no aparecerá en ningún diario, si no es con años de retraso. De este modo, el maníaco homicida pasa algunos días en absoluta alegría, y da limosnas a los pobres y dones a la parroquia, en agradecimiento por haber encontrado un amigo tan querido. En realidad, cada uno de ellos sabe que el amigo es totalmente inocente, pero se da cuenta de que una amistad entre dos inocentes no resultaría adecuada a los abismos de su alma; por consiguiente ambos han decidido, en secreto, que cada uno de los dos será el alma negra del otro, ya que sólo de este modo podrán cultivar una delicada, solícita y atenta amistad. 








La ciudad es extremadamente pobre. Hace tiempo que sus habitantes han renunciado a modificar su propia condición, y viven una vida solitaria, cerrada, taciturna. Lentamente, la población disminuye, no ya porque alguno emigre - a nadie se le ocurre ir a "hacer fortuna", como se dice- sino porque los muertos no son sustituidos; si nace un niño, cosa que es muy rara, es ofrecido a las ciudades vecinas, donde se encuentra alguien que lo adopta. Las casas son viejas y están construidas con material que ya comienza a revelar los indicios de una continua y desde hace poco tiempo acelerada decadencia. No existen reales y auténticos trabajos, sino, de vez en cuando, a un cierto número de habitantes se le ordena transportar algunas piedras -tres, cinco- de una calle a otra. Si hay cinco piedras, acuden diez ciudadanos, y cada uno de ellos efectúa la mitad del recorrido; son pagados con monedas desgastadas, ilegibles, que no tienen curso en ninguna ciudad. No pocas veces las pierden, ya que en la ciudad no hay nada que comprar. Viven del miserable producto de los huertos cultivados por gente que no sabe y a la que no le gusta cultivar los huertos. Poseyendo esos huertos, nunca, o casi nunca, salen a la calle. Tienen la impresión de que, sea cual fuere el tiempo, está a punto de llover. No existen sastres, y las ropas se deterioran lentamente, pero dado que la utilización que se hace de ella es mínima, bastarán hasta la total extinción de la ciudad. El origen de tanta miseria es desconocido. Tal vez deba ser atribuido a unas desordenadas crisis religiosas, terminadas en una mortal desorientación. O bien a una red de contemporáneas desilusiones amorosas, que aisló a hombres y mujeres, y empujó a algunos a la soledad, y a otras a matrimonios sin deseo y sin amor. En esta ciudad hace años que nadie se enamora, y aunque, en las largas horas vacías, se lean libros de amor, la cosa es considerada como un juego deshonesto. Al comienzo acudieron a visitar la ciudad equipos de estudio, para entender el mecanismo de tan increíble miseria. Fue enviado un circo que durante dos días actuó, gratuitamente, en la plaza de la ciudad. Acudió un solo hombre, un sordo que tenía la impresión de que se trataba de una ceremonia fúnebre-religiosa. Los restantes ciudadanos permanecieron  encerrados en sus casas, sufriendo intensamente por aquellos fragores lujosos. No puede decirse que esperen su propio fin y el de la ciudad; saben oscuramente que ellos son el final. 



Hay una deuda. Mara Pastor.









Hay una deuda
pero está rota
y es inútil pegarla en pedacitos.

Hay un magestad
pero está mal escrito
y es inútil decirlo rey

hay un rey
pero está en pedacitos
y es inútil decirlo en deuda.

Hay una lengua
pero está en deuda
y es inútil decirla.

Cuando les dije espejismo
ellos no vieron nada porque nunca habían
escuchado la palabra espejismo.
Cada vez que nace un mercado
agroecológico una papaya
se vuelve cosmos.

Y aun así 35 revoluciones
frente a mí que no conocían la palabra espejismo.
Jóvenes revolucionarios que murmuran
y nunca habían dicho
espejismo ni magestad con g.

Habían visto molinos
de viento
que no funcionan
en Santa Isabel
de donde se fueron
los gigantes, con g.
Y los galenos con g.
Y los gobernadores g.
Y los gallegos con g.

Pero tengo una deuda, 
está rota 
y es inútil pagarla.

No tengo
1
2
3
4
5
6 pelícanos,
pero los debo.
No tengo 1
              2
              3 niñas,
pero las debo. No tengo
1
2
3
4
5 islotes, pero los debo.
Tengo un pedacito
pero está roto
y es inútil decirlo.


Libro de la promesa. 
Puerto Rico. 


10/13/2016

Centuria. Cien breves novelas-río. Giorgio Manganelli (VI)












En su reencarnación anterior, aquel hombre ha sido un caballo; es muy consciente de ello, por indicios indudables: los zapatos que le gustan, la comida, la manera de reír. Sin embargo, durante mucho tiempo no le ha alarmado: sabe, en efecto, que condiciones semejantes no son excepcionales, pero tampoco duraderas. Un amigo noctámbulo, anteriormente búho, se convirtió, al llegar a los treinta, en diurno, y ahora tiene familia; y una serpiente de cascabel es ahora sutil -sólo que un poco venenosa, en memoria de sí misma- crítico de arte. Con el paso de los años, se ha dado cuenta de que sus síntomas, lejos de desaparecer, tendrían a complicarse. Esto le provocó alguna angustia, y también miedo, especialmente cuando se sentía impulsado a arrebatos, escapadas, encabritamientos por una voluntad que le resultaba oscura. En realidad, él ignoraba que no sólo había incorporado una incorporado una reencarnación de caballo, sino hasta tres consecutivas; un primer caballo, rocín deprimido e inepto, de una flacura umbrátil, pronto consumido por una enfermedad indolente y triste; había seguido a éste un fuerte percherón que tiraba de carros, poderoso y humilde; y finalmente había pasado por un potro corredor, más ambicioso que sensato, buscabullas y pendenciero, que se paraba a hacer preguntas en medio de una carrera. En su conjunto, ninguno de los tres había sido idóneo para borrar un cierto sentido de frustración, casi como si los tres hubieran participado en una misma derrota, humildad, precoz consunción. Aquel señor que advertía en sí mismo un resto de equinidad, pensó durante mucho tiempo en un único caballo; y sólo poco a poco dio en sospechar que sus extrañas e incongruentes reacciones procedían de varios caballos. A partir de aquel momento ha comenzado a ocuparse fundamentalmente de contar y después analizar los caballos de su pasado. Ha reconocido al potro corredor, pero, atribuyéndole una fuerza del caballo de tiro, le ha imaginado un gran trotador; y le cuesta mucho trabajo entender si, además del corredor, hay dos, o uno, o varios caballos. Mientras tanto, sus síntomas no desaparecen, al contrario se exasperan; y eso le consume. Cuanto más busca dentro de sí mismo, más caballos al galope le parece descubrir, caballos bajo la lluvia, caballos en el matadero, caballos enloquecidos, golpeados, domados por una mano desconocida y despiadada. Delira, desvaría, se enfurece, llora, y si llega a relinchar, se detiene para intentar entender cuál de los caballos, que él sospecha ahora manada, ha relinchado a través de su boca de hombre. 









Con extraordinario estupor, descubrió, en la parada del autobús, un unicornio blanco. La cosa le sorprendió mucho, porque el unicornio había llenado todo un capítulo del tratado de las Cosas que no existen; él había sido entonces muy competente en materia de Cosas que no existen, y había obtenido notas excelentes, y el profesor hasta le había exhortado a convertirse en un especialista en Cosas que no existen. Se da por supuesto que cuando se estudian las Cosas que no existen, se investigan también las razones por las que no pueden existir, y los modos en que no existen: ya que las Cosas pueden ser imposibles, contradictorias, incompatibles, extraespaciotemporales, antihistóricas, recesivas, implosivas, y no existir de muchos otros modos. El unicornio era absolutamente anihistórico. Sin embargo ahí había uno, en la parada del autobús, y la gente no parecía prestarle atención; pero lo extraordinario no acaba ahí: en efecto, el unicornio estaba parloteando -no podía utilizarse otra palabra- con algo que él no veía; después llegó un autobús, el unicornio saludó a este alguien que él no veía, y subió "exhibiendo", como se dice, un pase: y entonces apareció un basilisco de mediana estatura, con unas gafas oscuras muy gruesas. El basilisco era un animal complicado, y su inexistencia se debía al "exceso"; se trataba, además, de un animal descrito como peligroso -sus ojos poseían poderes "imposibles"- y, se le ocurrió pensar, por dicho motivo el basilisco llevaba las gafas. El basilisco tenía una bolsa bajo el brazo, y cuando se acercaba un autobús, la abría y sacaba algo -¿no era una cabeza de Medusa?-, algo que miraba el número del autobús y se lo decía, porque estaba claro que con aquellas gafas él no podía ver nada. El especialista en Cosas que no existen estaba muy turbado: ¿era posible que se hubiera vuelto loco? No lo creía. Comenzó a vagabundear sin una meta precisa, y encontró un tragéfalo, un ave fénix, y una anfísbena en bicicleta; un sátiro le preguntó donde estaba la calle Macedonio Melloni, y un señor con la cabeza en la mitad del pecho le preguntó la hora, y le dio las gracias cortésmente. Cuando comenzó a ver las hadas y los elfos y los ángeles custodios, le pareció que siempre había vivido en una ciudad abandonada por los seres humanos, o poblada de comparsas; ahora comienza a preguntarse si también el Mundo, precisamente el Mundo, es una Cosa que no existe. 







Un señor ávido de sueños soñaba tanto, que, en la casa donde vivía, ninguna otra persona conseguía soñar, salvo durante las vacaciones, cuando el soñador se iba al mar o a la montaña. Era una situación irritante e imposible, y los habitantes de la casa, todos ellos gente de buena extracción, profesores, duques, palaciegos, y un asesino a sueldo internacional, formularon, educadamente, y la cuestión comenzó a exasperarse. Ya nadie soñaba nada en aquella casa, y hasta en las casas próximas se soñaba poco y mal y sólo en blanco y negro; porque aquel señor soñaba siempre en color, y hacía experimentos en tres dimensiones. El pleito llegó a los tribunales, que reconocieron que el señor utilizaba ilegalmente los sueños ajenos, y que debía dejar de hacerlo, porque faltaba a las reglas de la buena vecindad. Pero, naturalmente, no es fácil persuadir a alguien de que devuelva sus sueños, o no se apodere de unos sueños que no le pertenecen. El señor siguió soñando todos los sueños de la casa, y sólo el asesino internacional conseguía, de vez en cuando, tener un pequeño sueño estúpido.
Pero el ávido soñador no tardó en darse cuenta de que algo estaba cambiando; puesto que él soñaba todos los sueños de sus coinquilinos, y los coinquilinos estaban enfadados con él, y, de haber podido, soñarían sueños en los que él era una figura negativa, comenzó a soñar sueños en los que él mismo, también era otro él, odioso y brutal. Intentó expulsarse de los sueños, pero no lo consiguió. Y poco a poco comenzó a sufrir trastornos en el sueño, a estar nervioso, y comenzó a detestarse. Los sueños estaban llenos de peleas, y a menudo salía de ellos agotado, perseguido, psicológicamente roto. Enfermó. Perdió la salud. Se deprimió. Al final, decidió soñar menos, y sobre todo no soñar los sueños de los vecinos. En efecto, más de una vez se había sentido cohibido en un sueño del duque, y había salido con sudores fríos de un sueño del asesino internacional. Ahora todos los de la casa han vuelto a soñar. Se han producido gestos amistosos hacia el ávido soñador, pero éste se siente demasiado deprimido para acogerlos. Sus sueños no le bastan. Y ahora, en ocasiones, se les ve caminar por barrios miserables y malfamados, e intenta robar los sueños de gente de baja estofa, inculta; no son sueños hermosos, pero ahora ya está intoxicado de sueños, y se convertirá en ladrón, en atracador, para tener cada noche todos aquellos sueños, aunque no sean suyos, aunque sean feos e insensatos, los sueños que, amasijo monstruoso, le están consumiendo y llevando a la catástrofe. 










Señores, se ruega que sigan atentamente al guía; el lugar todavía no funciona, pero sin embargo puede resultar peligroso; la entrada es baja, cuidado con las alas. Bien, detengámonos de momento aquí; pueden apoyarse en la balaustrada. Observen las dimensiones de esto que no es más que el primer compartimento. un hombre tardaría años en recorrerlo. No bastaría una vida. Vean, a la izquierda, aquella serie de celdas; están cerradas con unas rejas de hierro, imperecederas, porque el dolor de quien está encerrado dentro debe ser observado por los guardianes. Está previsto que las celdas puedan estar al rojo vivo o heladas, según convenga. Las rejas están empotradas, carecen de cerraduras. Vean más abajo aquellos rectángulos, que parecen lápidas; de allí se baja a una celda en forma de tumba, pero cuyo fondo es fuego purísimo. Fáciles de abrir desde fuera, una sola vez, imposibles desde dentro; una mirilla permite presencial lo que suceden en su interior. Síganme, a la izquierda. Vean en la pared de enfrente los enormes respiraderos: despiden tinieblas. Por muy imposible que parezca, las tinieblas pueden aumentar indefinidamente; quien esté rodeado por las tinieblas las verá crecer, ininterrumpidamente, eternamente. Les rogamos que nos sigan. Entramos en un pasillo: observen unas antorchas claveteadas, las cadenas para calentar al rojo vivo. Oigan, al dar una palmada, cuán profundo es el eco; las dimensiones son enormes. Desde aquí hasta donde llega su vista hay pinchos móviles que pueden atravesar de parte a parte. Aquí estarán los ojos de recambio con que reponer los de quienes deberán ser continuamente cegados. Cuidado, no sigan; aquí se abre un abismo con las paredes absolutamente lisas y verticales, y que sin embargo deberá ser recorrido a pie, cayendo siempre y sin acabar de caer nunca; prácticamente, carece de fondo. Esta es la sala de los cuchillos; naturalmente los cuchillos se mueven por su cuenta. Este arpón es utilizado para dar la vuelta; las vísceras ocupan el lugar de la piel, de la cabeza, de los miembros; estos guantes están hechos de gusanos que comen cualquier cosa, y la devuelven de manera que lo que ha sido devorado sea recompuesto. Actualmente los gusanos están inactivos. Este es el lugar de la sangre y de la orina. Señores, veo que se ha hecho tarde, y por otra parte el lugar es infinito. Llevará tiempo aprender a recorrerlo y sobre todo a utilizarlo. Les ruego que mañana esté a punto una hora antes de lo habitual. Mañana es el día de la Creación del Mundo. 






Al principio, la repentina y humilde pregunta provocó en sus labios una ligera sonrisa; pero sabía que su cerebro, extrañamente pensativo, había sido inquietado más de una vez con preguntas fabulosas, respuestas legendarias, investigaciones mitológicas. No era teólogo ni filósofo, y no sabía, aunque más de una vez se lo había preguntado, si pertenecía alguna religión y en caso afirmativo a cuál de ellas. Prefería ser creyente ambulante. Más adelante, el problema le volvió a la mente, con un sonido imprevisto, imperativo y siniestro. Y él, distraídamente pero no sin aprensión, se paró a considerarlo. El problema era el siguiente: si existía diferencia y, en caso afirmativo, de qué tipo, entre un muerto de cinco minutos, un muerto de cinco años, un muerto, un muerto de dos mil años, uno de quinientos mil. Si morir significa alcanzar la nada, morir ahora o haber muerto hace medio millón de años no parece significar ninguna diferencia. Pero ¿es esto cierto? La nada es el no ser, pero no está claro que el no ser excluya el tiempo. Si yo puedo imaginar una nada anterior a mi nacimiento y una posterior a mi muerte, esto me hace sospechar que la nada no es insensible a las medidas del tiempo, ya que es evidente que la nada de antes de mi nacimiento no es, por lo menos en virtud del tiempo, la nada de después de mi muerte. Así que la nada no existe, sino que es una dimensión temporal; y los muertos se situarían en diferentes lugares temporales de la nada. De modo que el muerto de hace medio millón de años está en una temporalmente ajena, aunque no discontinua, a la nada del muerto reciente. Pero sabía que hay quien supone a los muertos amodorrados en un sueño insensible, en espera del día del juicio. ¿El sueño de las almas les protege o, en cierto modo, envejecen? Y si no envejecen, ¿sueñan? Bastaría un sueño cada siglo para conseguir que las almas envejecieran, y por tanto el muerto con medio millón de años será como un muerto canoso, tal vez el rey de los muertos. Pero supongamos la imagen más increíble y acreditada, que la muerte coincide con una revelación, un descubrimiento: en tal caso resultará inevitable que el muerto reciente sea más joven, más inexperto, que el muerto algo menos reciente; y ¿será medicable esa mínima, aunque sea en las dimensiones eternas de la estancia? Y también le preocupa aquel muerto sin nombre, aquel primer proyecto de alma que tiene medio millón, un millón de años. ¿Hubo, por consiguiente, un "primero" en entrar en lo que sea, nada, luz, eternidad; una eternidad vacía en la que se entra desorientado, descompuesto, sin saber qué le ocurre, un hombre, el descubridor del más allá? Y ahora ¿este hombre es un muerto viejo, antiguo, los restantes muertos deben saludarle, hasta él deberá saludarle, al único muerto que posee toda la experiencia de un muerto?





9/11/2016

Ladakh. Francisco Alatorre Vieyra.











Bolsa de plástico


Negra
azul
blanca
transparente
atorada en la cadena de una bicicleta
o flotando desde África del Sur a través de una corriente en el Atlántico



Una bolsa de plástico ligera 
para guardar una fruta 
abrigar una botella de whisky 
llevar el pan a casa
o asfixiar a un paquistaní

                       en un cuarto obscuro


Martijn de Gruijter las utiliza para dar estructura 
a un origami singular
la bolsa se transforma en

     botas impermeables
     un televisor que no enciende 

     títeres arrugados
     la bolsa en el museo
     la calaverita luminosa en el museo 


Un bosque hojas de plástico 
Duchamp en el centro sentado
jugando al ajedrez

o encendiendo una fogata de humo negro 


En una estupa
cerca de Kathmandu
vi
a dos niños alegrarse con una 

como si fuera un papalote 


En la cocina otra
tolerando toda la basura
que le cabe dentro
colgando en la puerta días
con algo de animal
de hombre viejo aferrado a punto de derrumbarse 

cargando todo aquello que quisiera desconocer 


La bolsa
podría ser también
una pelota amarilla
de esas que Saer cuenta
que las aves en la plaza frenéticas
como al borde
sobrevuelan y embisten
con una extraña fascinación 

como si estuvieran hechas 
del mismo material
que sus dioses. 








Antes de que los turistas


Antes de que los turistas 
rondaran Chernobyl
con sus cámaras digitales 

y la desafiante mirada
de quien reserva su boleto
para la tómbola del tumor 


                                       Un hombre frente al Atlántico 


Antes de que los nabateos
exigieran un impuesto por camello
de que se tomara por un gesto cargado de insolencia 

llevar corbatas verdes al trabajo 


Antes de que un inglés sospechara 
que en estos zapatos
entro yo
un lémur

un pez y un árbol 


Antes de que
empacaran alimentos con polipropileno 

de que unos monjes taoístas
buscando un elixir para la inmortalidad 

inventaran la pólvora 


                                                   Un hombre frente al Atlántico 
                                                   tomó una piedra
                                                   dio la vuelta
                                                   y avanzó hacia la tierra 



A veces me pregunto
si entre mis antepasados
existió la desmesura
el incesto
si soy la consecuencia 

de algún acto terrible 


Seguramente lo somos

Preguntas deportivas porque 
             como decía Ruud Gullit
             -me chupa un huevo-. 






Vaho


Un hombre examina su memoria
y sólo encuentra
un espejo empañado
por el aliento de animales disecados. 







Francisco Alatorre Vieyra
Ladakh





9/10/2016

El padre. Sharon Olds













Su quietud

El doctor dijo: "Usted me pidió que le dijera
cuando no se pudiera hacer nada más.
Se lo digo ahora."
Mi padre estaba sentado,
casi inmóvil, como siempre, sin mover los ojos. 
Yo supuse que se enfurecería al saber que moriría,
que agitaría los brazos, que gritaría.
Pero se quedó sentado, 
limpio con su pijama limpio,
delgado, como un santo.
El doctor dijo: "Podemos hacer algunas cosas
para darle tiempo, pero no lo podemos curar."
Mi padre le dio las gracias. 
Y se quedó sentado, quieto, solo, 
digno como un rey extranjero.
Me senté a su lado. Ese era mi padre:
siempre supo que era mortal. En cambio, yo temí
que tuvieran que amarrarlo. Había olvidado
que siempre se quedaba así, aguantando,
en silencio, el alcohol un modo de callar.
No lo había conocido: mi padre tenía dignidad.
Al final de su vida, su vida
comenzó a despertar en mí.




Alzándose

De pronto mi padre se alzó la bata, yo
miré hacia otro lado pero él me dijo
¡Shar!, mi sobrenombre, así que miré.
Estaba sentado en la cama de acero con la
bata subida llegándole al cuello
y me mostraba cuánto peso había perdido.
Donde una vez estuvo su abdomen vigoroso y sólido
tan solo vi piel convertida en pliegues
marchitos, blandos, peludos,
hundidos en un mar de arrugas, 
en la base de su abdomen, 
el torso enjuto de un hombre fuerte
pronto a morir. De inmediato
vi cuánto se asemejan sus caderas a las mías,
los ángulos blancos, largos, y luego
cuánto se parece su pelvis a la de mi hija,
habitaciones de un caracol vaciado,
vi los pliegues de su piel
semejantes a una pasta espesa, derramada,
vi su sonrisa arrepentida, los ojos mirando arriba
mientras me muestra su viejo cuerpo,
sabe que me importa, que me parecerá
atractivo. Si alguna vez alguien me hubiera dicho
que yo estaría junto a él así, que se alzaría el pijama
y que yo miraría su cuerpo desnudo, 
el brote grueso de su glande, su pene
en medio de tanto pelo oscuro, 
que lo miraría con cariño y asombro incómodo,
no lo hubiera creído. Pero aún ahora
recuerdo esos diminutos copos de nieve,
blandos y azules en la tela de pijama que se alza
tal como nos prometieron que se alzaría en la muerte:
los velos caerían de nuestros ojos, los sabríamos todo. 





Mi padre me habla desde los muertos

Es como si hubiera despertado en un cobertizo, 
sobre el barro, en medio de escamas, rodeado
de tiestos, huellas de babosas brillantes
surcan mi cuerpo. No sé por dónde comenzar, 
la inmundicia me envuelve. Arrojo esta telaraña,
mortaja de muertos, lejos de mi boca. Veamos
si ahí donde he estado puedo hacer esto.
Amo tus pies. Amo tus rodillas, 
amo tus mis nuestras piernas, tan 
largas porque son tuyas y mías: 
de los dos. Amo tu -cómo llamarle-
entre tus piernas, nunca le dimos nombre, el
fulgor y la pureza de sus rizos. Amo
tus nalgas, una vez te cambié los pañales,
lavé la suciedad diminuta, te unté
aceite con mi dedo; cuando toqué tu ano
mi vida hizo cortocircuito con Dios por un instante.
Era tu madre quien odiaba tu mierda, no yo.
Amo tu ombligo, fósil de cardo,
aunque sea la marca de ella
en ti. Y también amo tus pechos:
¿me viste observarlos desde el rostro
de tu hija mientras la amamantabas?
Amo tus hombros marcados y
tu cabello, grueso y vivo
como la tierra. Nunca odié tu rostro,
odié sus erupciones. ¿Sabes qué amo?
Tu cerebro, mis mitades y sus pligues
plateados, como labios de mujer.
Amo en ti
incluso lo que provene
de las profundidades de tu madre:
tu corazón, ese trabajador esforzado,
y tu vientre, para mí el cielo,
yazgo en sus colinas suaves y miro hacia arriba
su cúpula rosa.
He estado en un cuerpo sin aliento, 
he estado en la morgue, en el fuego, en una chimenea
de escorias, en el aire sobre la tierra,
y enterrado, he bajado
al fondo de los océanos: desde donde he estado
puedo entender esta vida, soy la tierra,
tu padre, yo te hice, cuando digo que te amo
estoy diciendo, mira tus manos, muévelas, 
ese movimiento es el amor de la tierra,
para amor humano,
busca en otro lugar.




Sharon Ols
El padre
Traducción Mori Ponsowy