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1/21/2016

Humanae vitae mia











Me aburro como un león


Me aburro como un león
fuera del África.

Yo no nací, sino que por el vientre
de mi madre
pasé del África a este zoológico
policial de la vida.

Mi padre nunca pudo entrar
más allá del vientre de mi madre.
De modo que mi padre
no pudo ser mi padre. 






Qué calor hace, madre



Qué calor hace, madre.
Quiero inyectarme un poco
de agua helada
en la vena del brazo.

Hasta en los cielos últimos
necesita beber agua
la carne.

El verano en que resucitemos
tendrá un molino cerca
con un chorro blanquísimo
sepultado en la vena.






Soy un Adán del fin


Soy un Adán del fin,
no del principio.
Mi paraíso tiene un árbol,
pero color del estallido.





Señor, no sé quien sos


Señor, no sé quién sos,
pero sólo te pido que me laves. 

No quiero oler a santo. Ni siquiera a loción
para después de afeitarse.

Sólo te pido que me laves. 





Creo que la muerte es algo


Creo que la muerte es algo
que se puede pensar
hasta sin cerebro.
Uno pasa por delante
de algunas casas
y las oye pedir muerte.

Qué destino
el de esos nuevos frentes
de casas de departamentos.
Yo he escuchado a sus materiales
pedir muerte,
volver a ser lo que eran
antes, en cualquier parte.

Me lo piden a mí
que oigo pensar su muerte
cuando paso a su lado
y oyen pensar la mía.




Héctor Viel Temperley.







Febrero 72 Febrero 73













Placita de Santa Marta


Placita de Santa Marta
donde no fornica nadie,
por las paredes blancas
y los cuatro naranjos.

¿Qué hago en Sevilla,
qué hago
que no corro por el cielo?
¿Cuánto tiempo más 
buscando hoteles?
Y el que quiero
no aparece.

Sólo una vez tuve uno
como nave del Señor.
Pileta azul y silencio.
Siesta, calor y silencio.

Placita de Santa Marta
donde no fornica nadie,
¿qué hago en Sevilla,
qué hago
que no corro por el cielo?





Pampa de Achala


Hay que tirar muy fuerte
para abrir la ventana
del baño, pero el aire
que afeita como hielo
es Dios de nuevo.

Le digo adiós a un hombre
que miraba el invierno
y tenía una nieta
y un hotel,
allá arriba,
que era como mi casa.
Le digo adiós a un hombre
que se llamó Juan Reymond.

Les digo adiós a un hombre
y a una mujer muy jóvenes
y a un balcón de madera
naufragando en el viento,
sobre nubes y sábanas
y caballos pequeños.

Las nubes, como lunas
húmedas, van pasando,
y es como leche de mujer
la pampa
con el caballo al paso.
Ya no veo.



Héctor Viel Temperley

Las areneras, Jesucristo y el desagüe






















Vengo de comulgar y estoy en éxtasis
                         aunque comulgué con los cosacos
sentados a una mesa bajo el cielo


                          y los eucaliptus que con ellos
se cimbran estos días bochornosos


                          en el camino hasta las areneras
del sur de la ciudad
                          -el vizcaíno,
                          santa adela,
                          la elisa-


(a la sombra hay un loco, y hay un árbol

                                                    muy alto

                            y alguien dice "cristo en rusia")


e insolado hablo al yo que está a la orilla,


                             ansío su aventura
                             en otro hombre,


y a la hora en que no sé si tuve esclava,
                              si busco a dios,
                              si quiero ser o serme,


si fui vendido a tierra o si amo poco,


                               sé que Él quiere venir pero no puede
cruzar -si no lo robo como a un banco
                                pesado de galeote-
                                                      esa balanza


que es tanta hacia ambos lados
                                 atrancados a mis puertas:


la abierta, marginal, no interrumpida
                                  matriz sin cabecera
                                  donde gateó la vida,

                                                        donde algunos gatena

y su alma sólo traga lo mismo que el mar traga:

aletas, playas solas e iguales, hombres débiles


                                    y una pared espeasa
                                            de cetáceo y de fábrica.




Héctor Viel Temperley.




1/22/2013

larga esquina de verano








¿Nunca morirá la sensación de que el demonio puede servirse de los cielos, y de las nubes y las aves, para observarme las entrañas?

Amigos muertos que caminan en las tardes grises hacia frontones de pelotas solitarios. El rufián que me mira se sonríe como si yo pudiera desearla todavía.

Se nubla y se desnubla. Me hundo en mi carne; me hundo en la iglesia de desagüe a cielo abierto en la que creo. Espero la resurreción espero su estallido contra mis enemigos- en este cuerp, en este día, en esta playa. Nada puede impedir que en su Pierna me azoten como cota de malla -y sin ninguna Historia ardan en mí- las cabezas de fósforos de todo el Tiempo.
 
Tengo las toses de los viejos fusiles de un Tiro Federal en los ojos. Mi vida es un desierto entre dos guerras. Necesito estar a oscuras. Necesito dormir, pero el sol me despierta. El sol, a través de mis párpados, como alas de gaviotas que echan cal sobre toda mi vida; el sol como una zona que me había olvidado; el sol como un golpe de esmpuma en mis confines; el sol como dos jóvenes vigías en una tempestad de luz que se ha tragado el mar, a las velas y al cielo.